Lo primero que recuerdo es el patio de la casa de Tacuarembó, visto desde muy abajo. Yo tendría tres años. Las baldosas rojas estaban calientes y yo caminaba descalza para alcanzar los limones que se habían caído del árbol.
Mi madre colgaba la ropa y cantaba algo que no entiendo, pero me acuerdo del ruido de las sábanas mojadas cuando las sacudía. Olía a jabón y a limón. Cuando alguien me pregunta cómo era ser chica, es eso lo que me viene: el sol en la espalda, las sábanas y la voz de mamá.




